4-EL CONTROL DEL DINERO Y DEL CRÉDITO
Por Theo Belok
El dinero suele presentarse como un simple medio de intercambio, una herramienta técnica destinada a facilitar transacciones en economías complejas. Sin embargo, esta definición resulta insuficiente para comprender su verdadero alcance. El control del dinero y del crédito no solo regula la actividad económica: organiza la vida social, determina jerarquías, distribuye oportunidades y delimita quién puede participar plenamente en la sociedad y en qué condiciones.
Desde la Teoría Económica Soberanista se afirma que: Quien controla la emisión del dinero y el acceso al crédito ejerce un poder estructural sobre el conjunto del sistema. No se trata únicamente de decidir cuánto dinero circula, sino a quién se le permite anticipar recursos, bajo qué condiciones y con qué costo. El crédito actúa como un filtro social: habilita proyectos, condiciona trayectorias vitales y establece dependencias duraderas. La inclusión o exclusión económica deja de ser una consecuencia del esfuerzo individual y pasa a ser una función del acceso al sistema monetario. Este rol ha sido capturado por el sistema financiero o economía simbólica.
Históricamente, el Estado asumió —al menos en el plano teórico— un rol central en la redistribución del valor socialmente producido. A través de impuestos, gasto público y políticas monetarias, se le asignó la función de corregir desequilibrios, sostener bienes comunes, garantizar un mínimo de seguridad y cohesión social. Sin embargo, este rol ha sido progresivamente neutralizado por el sistema bancario y financiero.
Los bancos no se limitan a intermediar recursos existentes. Mediante el crédito, crean dinero en forma de deuda y deciden su destino. Los bancos comerciales crean medios de pago en forma de deuda dentro del marco institucional vigente. Este poder privilegiado de creación monetaria les permite ocupar una posición que antes correspondía al Estado: la capacidad de orientar la economía y redistribuir valor. Pero, a diferencia del Estado, esta redistribución no persigue objetivos de bienestar social, ni beneficios públicos ni criterios de equidad, sino la maximización del beneficio privado.
De este modo, el sistema bancario se convierte en un agente redistributivo inverso o regresivo. En lugar de transferir recursos desde los sectores más concentrados hacia el conjunto de la sociedad, canaliza valor desde quienes producen y trabajan hacia quienes controlan el crédito y no producen. El interés, las comisiones y las condiciones contractuales funcionan como mecanismos permanentes de extracción, institucionalizados y normalizados.
Esta reorganización del poder monetario tiene efectos profundos sobre la vida social. El acceso a la vivienda, a la educación, a la salud e incluso al tiempo libre queda mediado por la capacidad de retener el suficiente excedente neto para alcanzar un umbral de capitalización individual libre de agentes estructurales extractivos. La ciudadanía se redefine en términos financieros: la pertenencia social se mide por el historial crediticio o el grado de sumisión, no por la contribución real al bienestar social.
La erosión de la soberanía monetaria/financiera del Estado no implica su desaparición, sino su subordinación. Muchos Estados se encuentran subordinados a los grandes bancos internacionales y fondos de inversión. Lejos de actuar como contrapeso para salvaguardar los intereses del pueblo y los individuos integrados, el Estado pasa a garantizar la estabilidad del sistema financiero, socializando pérdidas y asegurando el cumplimiento de las obligaciones de los deudores.
El Estado funciona, a través de los modernos Bancos Centrales, como prestamista de última instancia ante una corrida bancaria. Es decir, en momentos críticos de grandes crisis económicas, para el sistema financierista vigente la prioridad no son los ciudadanos, ni los trabajadores, sino los bancos. De preocuparse por aumentar la demanda agregada a través de la creación de empleo, el Estado pasó a realizar rescates, ajustes y transferencias que sostienen prioritariamente la arquitectura financiera (Ver la presidencia de B. Obama en EE.UU.)
Así, el control del dinero y del crédito se consolida como una forma de gobierno indirecto. No impone órdenes explícitas, pero estructura comportamientos, expectativas, asigna arbitrariamente ganadores y perdedores, define decisiones vitales. La coerción no es visible, pero existe y es constante. La vida social se organiza alrededor de la deuda, del acceso condicionado y de la permanencia en el circuito financiero. Este proceso no responde a una conspiración deliberada, sino a una transformación institucional progresiva en la que el control del crédito adquirió un peso estructural superior al de las herramientas tradicionales de política económica.
Comprender este proceso permite iluminar la raíz de muchas tensiones contemporáneas: la pérdida de autonomía, la fragilidad social en contextos de abundancia material y la creciente concentración de poder. No se trata de un fallo del sistema, sino de su lógica interna. Mientras el control del dinero permanezca en manos de actores privados con capacidad de crear crédito, la organización de la vida social seguirá respondiendo a criterios de rentabilidad, y no de bienestar colectivo.
Comprender el control del dinero y del crédito como una forma de poder estructural, permite enlazar el análisis de la deuda, desarrollado previamente, con la cuestión central de la soberanía económica y democrática.
El dinero no es neutral. Quien lo crea, decide. Quien lo controla, gobierna.
Sin soberanía monetaria, no hay soberanía económica ni democracia real.
Por Theo Belok, padre de la Teoría Soberanista; escritor y analista geopolítico, autor de "Globalismo: ¿Qué es y cómo derrotarlo?". Sigue sus análisis en su sitio oficial: teoriasoberanista.com

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