El Escudo de las mentiras: juicio a Maduro y soberanía vulnerada
Por Theo Belok.
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en enero de 2026 abrió un debate que va mucho más allá de los cargos de narcotráfico y narcoterrorismo que se le imputan en Nueva York. El núcleo de la discusión no es únicamente si Maduro cometió delitos o si el pueblo "fue liberado", sino cómo fue llevado ante la justicia estadounidense y si se vulneró la soberanía venezolana.
La parodia jurídica
En el derecho estadounidense, la jurisprudencia sostiene que mientras un acusado esté físicamente presente en el tribunal, el proceso puede continuar, sin importar cómo llegó allí. Casos como Ker v. Illinois y Alvarez-Machain han sentado ese precedente. Bajo esa lógica, el juicio contra Maduro es “válido” en EE.UU., aunque su captura haya sido totalmente irregular y contraria al derecho internacional.
Pero desde el derecho internacional, la historia es otra: apresar a un jefe de Estado en funciones dentro de su propio país, sin consentimiento, es una violación flagrante de la soberanía nacional. La Carta de Naciones Unidas establece claramente el principio de no intervención, y este tipo de operaciones lo contradicen de manera directa.
Podríamos decir que la soberanía no fue vulnerada porque Maduro, junto a su vicepresidenta Delcy Rodríguez, ejercía ilegítimamente el poder como elite dictatorial, y de esta manera justificar su derrocamiento en forma de rapto para "liberar al pueblo". Pero este argumento cae al descubrir que Rodríguez esta gobernando en reemplazo de Maduro, y con el beneplácito tardío -y tras amenazas de sumisión- del gobierno estadounidense de Donald Trump. A todas luces, se trata de quitar del medio un presidente por otro, más accesible a los caprichos de Washington, con una excusa narrativamente legitimadora.
Quienes aplauden hoy el derrocamiento en forma de rapto, por parte de Estados Unidos de un jefe de Estado sudamericano, está legitimando que la potencia mundial se arrogue con el derecho de hacer lo mismo en un futuro con cualquier presidente que simplemente no cumpla con sus expectativas. Quienes celebran la decapitación de Venezuela celebra la vulneración de la soberanía de un país. La paz jamás llegará si se deja de lado el principio de no intervención en asuntos de política interna de otros países. Los problemas de los venezolanos deben ser resueltos por los venezolanos.
Una puesta en escena judicial
El resultado es una paradoja: lo que internacionalmente se interpreta como un rapto, en EE.UU. se convierte en un juicio legítimo. Esto genera la sensación de que el proceso judicial es más una escenificación política que un verdadero acto de justicia. Se busca justificar una acción militar previa bajo la apariencia de legalidad, aunque el origen mismo del proceso esté viciado.
El “Escudo de las Américas”: ¿nuevo rostro de la Doctrina Monroe?
En este contexto, surge la especulación sobre el papel del Escudo de las Américas, presentado como una iniciativa de cooperación y seguridad regional. Este caso no puede analizarse de forma aislada, sino como parte de una estrategia más amplia.
Este proyecto podría ser simplemente un lavado de cara de la vieja Doctrina Monroe, aquella que desde el siglo XIX legitimó la intervención estadounidense en América Latina bajo el lema “América para los americanos”. O una nueva mácula legitimadora como "la lucha contra el terrorismo islámico" que permitió, tras el 9/11 intervenir en varios países del Medio Oriente, para lograr en la práctica apoderarse de su petróleo, asegurando que el mismo sea comercializado en dólares, y derrocando jefes de gobierno si era necesario. La lucha contra los talibanes, el Estado Islámico y las armas de destrucción masiva son parte de la narrativa propagandística.
El tópico de "la lucha contra el terrorismo" no sirvió para intervenir en América Latina, existen hipótesis que sostienen que intentaron hacer creer que en la Triple frontera (Argentina, Brasil y Paraguay) existían células terroristas, con la presunta idea de poder controlar el acuífero guaraní. Pero dichas amenazas no fueron del todo convincentes.
El imperio norteamericano parece renovar su relato, esta vez "la lucha contra el narcoterrorismo" en la captura del presidente venezolano Maduro parece encajar en esa lógica: una excusa para seguir interviniendo países de la región “a punta de pistola”, disfrazando la imposición de poder bajo un discurso de lucha contra el crimen organizado y la defensa de la democracia.
La nueva iniciativa lanzada en marzo de 2026 por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llamada "Escudo de las Américas" (o Shield of the Americas) es una coalición militar y de seguridad multinacional que busca establecer una "alianza estratégica" con países del hemisferio occidental que comparten "una visión política similar" para enfrentar amenazas transnacionales.
En lugar de representar un verdadero esfuerzo de integración regional para repeler la influencia China en el hemisferio, el Escudo de las Américas podría ser la continuidad de una política intervencionista con un nuevo nombre y un barniz contemporáneo.
¿Quién es la víctima?
Los fiscales estadounidenses argumentan que el “damnificado” es el Estado y los ciudadanos de EE.UU., afectados por el narcotráfico. Sin embargo, los venezolanos, que también sufrieron bajo el régimen de Maduro, no son parte procesal directa en este juicio. Esto refuerza la idea de que el proceso responde más a intereses estadounidenses que a una justicia universal.
Conclusión
Más allá de los crímenes que se le atribuyan a Maduro, el juicio carece de legitimidad porque nace de una violación a la soberanía venezolana. La justicia no puede construirse sobre un acto ilegal, y cualquier proceso que ignore este principio corre el riesgo de convertirse en una mera representación política disfrazada de legalidad.
EE.UU. debería imitar el modelo de liderazgo Chino en política exterior, basado en la cooperación, la no injerencia, el respeto de la soberanía y el beneficio mutuo. El Escudo de las Américas, lejos de ser un proyecto de cooperación genuina, se perfila como la nueva máscara neoimperial: un instrumento para justificar la intervención militar y política en América Latina bajo el pretexto de la seguridad regional y la lucha contra el narcoterrorismo.

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