TECNOGLOBALISMO: PETER THIEL Y PALANTIR
Por Theo Belok.
En el
escenario contemporáneo del poder global, donde las fronteras entre tecnología,
finanzas y política se diluyen, emerge una figura central: Peter Thiel. Es cofundador de PayPal, inversor temprano de Facebook y creador de Palantir. El magnate representa mucho más que un empresario exitoso: encarna una nueva élite
que articula poder económico, influencia política y control tecnológico. Este
fenómeno, que algunos autores han denominado “tecnofeudalismo”, redefine las
relaciones de poder en el siglo XXI.
Peter Thiel: el magnate
tecnofeudalista
Es un capitalista de riesgo y empresario nacido en Alemania en 1967, conocido
por su rol clave en Silicon Valley y por su influencia en la política
estadounidense. Fue uno de los primeros inversores en Facebook y cofundador de
PayPal. Es el socio director de la firma de capital de riesgo (venture capital)
Founders Fund, que gestiona unos 17 mil millones de dólares. Es presidente
del Consejo de Administración de Palantir Technologies. Thiel se enfoca en la visión
estratégica de alto nivel y en la relación de la empresa con el sector de
defensa y seguridad nacional.
Pero su
relevancia no se limita al ámbito empresarial. El magnate ha sido un actor político
activo, especialmente dentro del Partido Republicano. Su influencia se refleja
en el ascenso de figuras como JD Vance, a quien financió y apoyó en su carrera
política. En 2022, Thiel donó la cifra récord de 15 millones de dólares a un
super PAC para apoyar la candidatura de Vance al Senado por Ohio, lo que fue
decisivo para su victoria.
Vance
trabajó como ejecutivo en el fondo Mithril
Capital, también de Peter Thiel, una etapa que le permitió construir la red
de contactos y el respaldo financiero necesarios para su posterior ascenso
político. Vance no solo trabajó en su fondo de inversión, sino que su
relación fue clave para su inserción en las élites políticas estadounidenses. Esta
conexión ilustra cómo el poder tecnológico y financiero puede proyectarse
directamente sobre la estructura política.
El magnate también ha sido descrito como un crítico de la democracia liberal tradicional,
inclinándose hacia visiones más elitistas del poder. Esta perspectiva lo
posiciona como una figura paradigmática del llamado tecnofeudalismo: un
sistema donde las élites tecnológicas concentran poder estructural sobre
sociedades enteras.
¿Qué es Palantir? Tecnología,
vigilancia y dependencia
Palantir
Technologies fue fundada en 2003 por Thiel junto a Alex Karp (actual CEO), con
el objetivo inicial de aplicar tecnologías de análisis de datos al combate del
terrorismo.
Desde sus
inicios, la empresa contó con financiamiento vinculado a agencias de
inteligencia estadounidenses, lo que marcó su orientación hacia el sector de
defensa y seguridad. Su software permite integrar, analizar y visualizar
enormes volúmenes de datos provenientes de múltiples fuentes, desde vigilancia
hasta registros financieros.
Sin embargo,
su expansión global ha generado controversias. Palantir ha establecido
contratos con gobiernos, fuerzas armadas y organismos de seguridad en diversos
países, convirtiéndose en una infraestructura crítica para la toma de decisiones
estatales. Este proceso implica algo más que la provisión de software: implica
la incorporación de lógicas, algoritmos y dependencias tecnológicas externas.
Diversos
analistas advierten que estas plataformas no son neutrales. Según estudios
académicos, el software de Palantir no solo procesa datos, sino que también
influye en las prácticas institucionales, moldeando políticas de seguridad y
vigilancia.
En términos
geopolíticos, esto puede traducirse en una nueva forma de dependencia: los
Estados que adoptan estas tecnologías quedan atados a proveedores privados extranjeros
vinculados al Pentágono, que controlan infraestructuras críticas de
información.
La serie
Person of Interest (Vigilados), protagonizada por Jim Caviezel, resulta conceptualmente
reveladora para entender estos procesos. En ella, una inteligencia artificial
analiza datos masivos, predice actos violentos antes de que ocurran y opera en
secreto dentro del aparato estatal. Aunque se trata de ficción, refleja temores
muy reales sobre cómo la convergencia entre big data, inteligencia artificial y
seguridad puede derivar en sistemas de vigilancia extremadamente peligrosos. En
este sentido, diversos analistas han señalado que herramientas como las de
Palantir Technologies representan una versión menos fantasiosa, pero
estructuralmente similar, donde la capacidad de anticipar comportamientos y
orientar decisiones institucionales ya forma parte del presente.
El tema de
fondo es quién controla estos sistemas y bajo qué reglas. Sin transparencia,
supervisión democrática y límites claros, tecnologías como las de Palantir
pueden inclinarse hacia formas de control social liberticidas cada vez más
profundas.
El simbolismo problemático
El nombre Palantir Technologies no parece ser un nombre inocente: remite a "las piedras videntes" los palantíri (singular: palantír) del Señor de los Anillos, que son unas piedras mágicas que permiten ver a distancia y obtener información, incluso sobre eventos lejanos en el espacio o el tiempo. Funcionan como herramientas de vigilancia y conocimiento, aunque también pueden ser peligrosas si quien las usa es manipulado, especialmente cuando ese conocimiento está mediado por fuerzas opacas. Las visiones podían ser manipuladas por un usuario poderoso, como Sauron, lo que convertía a las piedras en instrumentos de propaganda o engaño. Trasladado al mundo real, el paralelismo con una empresa dedicada al análisis masivo de datos y vigilancia, resulta cuanto menos inquietante.
La financiación problemática
A esto se suma su financiación temprana por parte de In-Q-Tel, el brazo inversor de la CIA, que apostó por la compañía desde sus inicios con un capital semilla de 2 millones de dólares. Lo más sugestivo no fue el dinero, sino el respaldo institucional temprano y el acceso a contratos gubernamentales dentro del aparato de seguridad e inteligencia de Estados Unidos. Este origen vinculado a agencias de espionaje, refuerza la percepción de que sus tecnologías no son simplemente herramientas neutrales, sino piezas integradas en estructuras de poder estatal estadounidense. Se necesita ser lo suficientemente ingenuo para no pensar que puede tratarse de una empresa pantalla de la CIA.
La necesaria suspicacia
Por eso, más que ingenuidad o paranoia, la desconfianza hacia Palantir puede leerse como una reacción razonable ante la combinación de simbolismo y contexto. Sus capacidades técnicas son indudables, pero también lo son las preguntas que plantea sobre vigilancia, concentración de información y rendición de cuentas. En un entorno donde los datos se han vuelto una forma de poder, mantener una actitud crítica frente a actores como Palantir Technologies no es un exceso: es, probablemente, una necesidad.
Neofeudalismo financiero y
tecnológico
El concepto
de neofeudalismo, ha ganado relevancia en los últimos años para describir una
transformación estructural del capitalismo. En lugar de mercados abiertos y
competitivos, emergen estructuras dominadas por grandes plataformas y fondos de
inversión.
Como señalé en mi libro "Globalismo ¿Qué es y cómo derrotarlo?", tenemos por un lado el neofeudalismo financiero, que se manifiesta en la concentración del
capital en manos de grandes fondos y corporaciones que operan a escala global.
Estos actores influyen en economías nacionales, condicionando políticas públicas a través de grupos de presión, sobornando a políticos y creando ONG y movimientos sociales.
Por otro
lado, tenemos el neofeudalismo tecnológico que se expresa en el control de
infraestructuras digitales, datos y algoritmos por parte de empresas privadas.
En este esquema, compañías como Palantir actúan como “señores feudales
digitales”, ofreciendo servicios que se tornan indispensables a cambio de acceso a
información estratégica.
Críticos
como el economista Yanis Varoufakis han señalado que este modelo configura una
nueva etapa del capitalismo, donde el poder ya no reside solo en la propiedad
de los medios de producción, sino en el control de plataformas tecnológicas.
Este
análisis converge con planteamientos que hice anteriormente, los cuales advierten
sobre la erosión de la soberanía nacional frente a actores transnacionales.
El manifiesto de Palantir y la
“república tecnológica”
Recientemente,
el CEO de Palantir, Alex Karp, publicó un manifiesto que ha generado intensas críticas
y temor. En él, se plantea una visión del mundo donde la tecnología,
especialmente la inteligencia artificial, se convierte en el eje central del
poder político y militar.
El
documento, vinculado a la idea de una “república tecnológica”, propone una
reconfiguración del Estado basada en el uso intensivo de software, datos y
capacidades de vigilancia.
El
manifiesto ha sido criticado por su tono belicista, su defensa de la supremacía
tecnológica y su cuestionamiento de valores democráticos tradicionales. Algunos
analistas lo han calificado como una forma de tecnofascismo o tecnofeudalismo, en tanto legitima el dominio de élites tecnológicas sobre la
sociedad.
Además, se
plantea una visión donde el Estado se convierte en una extensión de las grandes
corporaciones tecnológicas, diluyendo la frontera entre lo público y lo
privado.
Aunque el
manifiesto de Alex Karp (publicado en abril de 2026) se presenta como un acto
de patriotismo estadounidense, su ejecución es globalista por diseño. La meta
no es solo vender software, sino que la infraestructura de Palantir se
convierta en el "sistema operativo" de los gobiernos aliados. Si un
país adopta su tecnología para defensa, inmigración o salud, ese país queda
integrado en una arquitectura lógica diseñada en Silicon Valley.
Oficialmente,
la "República Tecnológica" es un concepto estadounidense en la forma.
Karp y Thiel defienden que la tecnología debe servir a los intereses de
Occidente, liderado por Estados Unidos. Aunque el discurso es aparentemente “nacionalista”,
la infraestructura de Palantir es global. Su proyección es crear un ecosistema
donde los aliados de EE. UU. (la "Esfera de Influencia Occidental")
adopten este sistema operativo de gobierno y defensa.
En términos generales, el manifiesto plantea una forma de maximizar ganancias y poder para ellos
mismos.
La idea de
la República Tecnológica se exporta a países aliados (como los
recientes acercamientos con el gobierno de Javier Milei en Argentina o
contratos con el Reino Unido y Ucrania). Es global en el sentido de que buscan
que todo el "mundo libre" funcione bajo la misma arquitectura lógica
y técnica proporcionada por empresas como la suya.
El peligro para la soberanía de las
naciones
El avance de
empresas como Palantir plantea interrogantes fundamentales sobre la soberanía.
Cuando un Estado depende de sistemas externos para gestionar seguridad,
inteligencia o infraestructura crítica, su autonomía se ve comprometida.
Al usar
estos sistemas, los países ceden parte de su soberanía operativa. Ya no deciden
solo los humanos, sino los algoritmos entrenados bajo la visión del mundo de
Karp y Thiel.
El fenómeno puede interpretarse como una forma de colonización digital o
imperialismo de software: en lugar de territorios o dinero, lo que se
controla son datos, algoritmos y sistemas de decisión.
Las
implicaciones son profundas:
Dependencia tecnológica: dificultad para operar sin proveedores
externos.
Pérdida de control sobre datos sensibles: acceso de agencias de
inteligencia externas.
Influencia indirecta sobre políticas públicas: pérdida de soberanía.
Además, la
integración de estas tecnologías en ámbitos como defensa o seguridad amplifica
los riesgos, ya que introduce actores privados en decisiones estratégicas de
alto nivel.
No buscan un gobierno mundial de la ONU, sino un bloque global de naciones "eficientes" unidas por el mismo software (convenientemente el suyo), donde el orden y la victoria militar son valores superiores a la deliberación democrática.
Soberanía tecnológica: una propuesta
urgente
Frente a este escenario, surge la necesidad de pensar alternativas. Desde la Teoría Soberanista propongo –como no podía ser de otra manera– la soberanía tecnológica. Una propuesta orientada a recuperar el control sobre infraestructuras digitales, datos y sistemas estratégicos, y proteger todo aquello que no ha caído bajo control extranjero.
Este enfoque
implica: desarrollo de tecnologías propias; protección de datos e
infraestructura nacional; fortalecimiento de capacidades estatales en
inteligencia artificial y ciberseguridad.
Desde la
perspectiva de la Teoría Soberanista, la independencia tecnológica es un
componente esencial de la soberanía nacional en el siglo XXI. No se trata solo
de economía o territorio, sino de control sobre los sistemas que estructuran la
vida social y política.
Tenemos presente la idea de que el poder real reside
en quien controla el dinero (los grandes bancos y fondos de inversión), pero también la información, el código y los algoritmos de defensa. Solo
una democracia representativa con dirigentes electos puede detener la avanzada
más novedosa de un imperialismo que en el fondo siempre es el mismo y beneficia
a los mismos. Los globalistas siempre desean proyectar su poder más allá de las
fronteras y para lograrlo buscan diversos medios. El Big Tech, el sistema financiero internacional y la industria farmacéutica de escala, están dirigidas por individuos con una clara agenda globalista y/o expansionista.
Conclusión
La figura de
Peter Thiel y el papel de Palantir permiten comprender una transformación
profunda del poder global. En un mundo donde la tecnología se convierte en
infraestructura crítica, las empresas que la controlan adquieren una influencia
sin precedentes.
He bautizado esta amenaza como:
tecnoglobalismo o tecnoimperialismo. Esta formación, plantea
desafíos fundamentales para las democracias y los Estados nacionales. La nueva
arquitectura de software eficiente, ofrece dependencia y pérdida de soberanía; lo que está en juego constituye uno de los ejes centrales de lo que debería ser el debate contemporáneo. Lamentablemente, la velocidad de los cambios y la poca comprensión dejan estos planteos en un segundo plano.
En este
contexto, la discusión sobre soberanía tecnológica deja de ser una cuestión
técnica para convertirse en un problema
político de primer orden: quién controla los datos, controla el poder.

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