Liberalismo radical y conservadurismo: una alianza tensa en la nueva derecha

Por Theo Belok. 


En los últimos años, distintos sectores de la llamada “nueva derecha” se han autodefinido como “liberales conservadores”, articulando un discurso que combina una defensa del libre mercado con una reivindicación de valores tradicionales. En ese marco, son llamativamente frecuentes las citas a autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Murray Rothbard y Ayn Rand como referentes intelectuales. Sin embargo, una lectura más detenida revela una tensión profunda —y muchas veces ignorada— entre las ideas de estos pensadores y los fundamentos del conservadurismo natural, religioso o tradicional.

Mises, Hayek y Rothbard pertenecen, con matices, a la tradición de la Escuela austriaca de economía y al pensamiento libertario. En todos ellos hay un fuerte énfasis en la libertad individual, la propiedad privada y la crítica al intervencionismo estatal. En el caso de Rothbard, esta lógica se radicaliza hasta el anarcocapitalismo, donde el Estado no solo debe reducirse al mínimo, sino desaparecer por completo.

Por otro lado, Ayn Rand desarrolla el objetivismo, una filosofía que exalta la razón individual, el egoísmo y el rechazo explícito de la religión. Su pensamiento no solo es liberal en lo económico, sino profundamente individualista en lo moral, defendiendo la autonomía personal como valor supremo. Esta postura resulta difícilmente compatible con cualquier forma de conservadurismo religioso, que suele basarse en la existencia de un orden moral trascendente, o un conservadurismo iusnaturalista fundado en un orden natural objetivo.

Aquí es donde emerge el núcleo del problema: la coexistencia, dentro del discurso “liberal conservador”, de tradiciones intelectuales que no solo son distintas, sino en muchos aspectos contradictorias y hasta antagónicas.

Individualismo vs. orden moral tradicional 

El libertarianismo, especialmente en sus versiones más radicales, sostiene que la libertad individual debe prevalecer siempre que no se vulneren derechos ajenos. Bajo esta lógica, decisiones sobre consumo de drogas, orientación sexual o prácticas personales quedan en el ámbito privado.

El conservadurismo religioso, en cambio, afirma la existencia de un orden moral objetivo que la sociedad debe proteger. La familia, la religión y las costumbres no son vistas como meras elecciones individuales, sino como pilares que sostienen el tejido social. Desde esta perspectiva, ciertas conductas no pueden ser moralmente neutrales, aunque no impliquen un daño directo a terceros.

Por su parte, el conservadurismo natural de raíz iusnaturalista sostiene que ciertos bienes y principios como la vida, la familia, el origen y formas básicas de sociabilidad, no son simplemente opciones, sino realidades fundadas en la naturaleza humana, y por tanto poseen un carácter normativo que no puede ser relativizado sin afectar el orden social.

Estado mínimo vs. Estado tradicional

Otra tensión central aparece en el rol del Estado. Para Rothbard, el ideal es una sociedad sin Estado, donde todas las funciones se rijan por acuerdos voluntarios privados. En cambio, muchos conservadores consideran legítimo —e incluso necesario— que el Estado intervenga para preservar valores considerados fundamentales, como la educación moral, la institución familiar, el matrimonio o determinadas normas culturales.

Esto genera una contradicción difícil de resolver: ¿cómo sostener simultáneamente un Estado mínimo no intervencionista y un Estado que actúe como garante de un orden moral? Del mismo modo se abren interrogantes sobre cómo se configura y reproduce el orden cultural conservador  en una sociedad donde predomina la lógica de la primacía de un mercado colonizado por progresistas. 

Razón vs. tradición y religión 

Finalmente, el contraste entre razón y tradición profundiza la brecha. El pensamiento de Ayn Rand coloca a la razón individual como única guía válida para la acción humana, rechazando la fe y la autoridad de la tradición. El conservadurismo clásico, por el contrario, tiende a desconfiar de los intentos de reconstruir la sociedad desde principios abstractos, valorando la experiencia acumulada, las instituciones heredadas y la religión como fuentes de sabiduría.

Esta diferencia no es menor: implica visiones opuestas sobre cómo debe organizarse la vida social y qué fundamentos legitiman las normas.

Una alianza frágil 

¿Por qué, entonces, estos autores son citados con tanta frecuencia por sectores conservadores? La respuesta parece pendular entre una comprensión parcial y una apropiación selectiva de sus ideas, especialmente en el terreno económico. La defensa de la propiedad privada y la crítica al socialismo funcionan como puntos de encuentro.

Sin embargo, esta coincidencia parcial no elimina las tensiones de fondo. De hecho, los mismos autores que son reivindicados por estos sectores también son frecuentemente utilizados por corrientes libertarias que promueven agendas culturales opuestas al conservadurismo, incluyendo posturas favorables a la liberalización de drogas, el aborto o los derechos LGBT.

Esto sugiere que la alianza entre liberalismo radical y conservadurismo es táctica y contingente, no estratégica ni plenamente coherente como concepción teórica unificada. Puede ser efímeramente eficaz en el plano político, pero presenta serias dificultades cuando se la examina a largo plazo y desde el punto de vista filosófico.

En última instancia, el desafío para quienes se identifican como “liberales conservadores” es definir si esta combinación es sostenible en términos teóricos o si se trata, más bien, de una convergencia pragmática que evita enfrentar sus propias contradicciones. Las mismas que se pondrán de manifiesto cuando una coalición de tal tipo llegue eventualmente al poder.

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 Por Theo Belok, padre de la Teoría Soberanista; escritor y analista geopolítico, autor de "Globalismo: ¿Qué es y cómo derrotarlo?". Sigue sus análisis en su sitio oficial: teoriasoberanista.com



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